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¿Qué más quiere, señor Uribe?

Rodrigo Cadena prohibía a las mujeres de San Onofre cantar alabaos a sus muertos; Cadena prohibía mirar atardeceres, cantarle a la luna, encender velas, montar en patines; prohibió la risa –él sabe que fue así, hoy en día lo reconoce–. Todo lo que se hacía en San Onofre se hacía con su consentimiento (el ‘Oso’ ejecutaba sus órdenes). Y como nadie sabía cuáles eran sus gustos, porque era caprichoso como todos los dictadores, pues la gente sencillamente se automarginó, comenzó a bajarles el tono a las conversaciones, a caminar sin hacer ruido, a no mirar a nadie a los ojos, a ceder el paso a los hombres desconocidos, a rezar en silencio; y terminaron como animalitos asustados, acorralados en sus casas, esperando la llegada de los bárbaros.

Como en los inicios del gueto de Varsovia –los primeros actos de un régimen totalitario parecen poca cosa, pero tienen una función específica–: se les prohibió a los judíos caminar por los mismos andenes que los alemanes, la asistencia a parques y restaurantes, el uso del transporte público; se prohibió el sol por primera vez, y la risa y el llanto y todos los sentimientos humanos. Lo que parecen pequeñas restricciones inanes resultan minando la fortaleza moral de las personas, diezmando su autoestima al punto de comenzar a creer que son inferiores y no merecen estar vivos. Y cuando un ser humano llega a ese punto, pues es un animalito acorralado con el que pueden hacer lo que quieran, como lo hicieron los nazis de ese entonces con los judíos: los montaron en trenes como ganado, los llevaron a campos de concentración, los usaron para hacer experimentos macabros, y luego aniquilaron a los sobrevivientes en una cámara de gas colectiva.

¿Qué más quiere, señor Álvaro Uribe, de nosotros? Ya tiene el Congreso y el Senado, ya tiene presidente; tiene a su lado el ala más retrógrada de las Fuerzas Militares (que no son todos, gracias a Dios) y a todos los políticos abyectos que existen en el país; a ciertos grupos económicos que prefieren, como en el cuento de Boris Vian, “que se mueran los feos”; y a los más intransigentes curas de la Iglesia católica. ¿Qué más quiere, señor Álvaro Uribe Vélez? ¿Cómo se le ocurre deslegitimar una marcha en contra del exterminio de los líderes sociales? ¿Acaso usted proclamará la fecha y hora exactas para llorar a nuestros muertos?; ¿emitirá un edicto en donde nos informe lo que está y no está permitido?

Lo que parecen pequeñas restricciones inanes resultan minando la fortaleza moral de las personas, diezmando su autoestima al punto de comenzar a creer que son inferiores y no merecen estar vivos.

El asesinato vil de los líderes sociales debería ser repudiado desde todos los balcones políticos, incluso desde los del Centro Democrático. No es momento de hacer propaganda política. Es el momento de convocar a todas las fuerzas políticas, sociales y económicas del país para que hagan un compromiso por la vida y emitan una declaración conjunta de rechazo contra esos asesinatos.

El hecho de que esas marchas estén sucediendo en estos momentos nada tiene que ver con el presidente electo, Iván Duque; esas marchas de repudio suceden en este momento porque es en este momento justo cuando se han disparado los asesinatos contra los líderes sociales. Es ahora el momento de salir a caminar por la vida que nos queda. No es mañana –Las bicicletas son para el verano–.

Al presidente Duque le pido, le pedimos: yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos, que se pronuncie en contra de esos asesinatos y no se una al coro de cejijuntos que quieren jugar el juego del Gran Dictador (que viva Chaplin). A propósito, les dejo un verso de Rafael Alberti que escribió en época del generalísimo dictador Francisco Franco: “El corazón de Charles Chaplin ha sido prohibido en todas las esquinas”.

Tomado de: eltiempo.com

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