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La historia, la masacre de las bananeras y el paramilitarismo

Por Santiago Villa Ch.

Yo soy pariente del general Carlos Cortés Vargas, quien dio la orden de disparar sobre los huelguistas de Ciénaga el 6 de diciembre de 1928. Crecí con historias encontradas sobre la masacre de las bananeras. Cien años de soledad era un libro ligeramente contencioso en el ámbito familiar y en parte por eso quise, como tema de mi monografía de grado de la carrera de Literatura, hacer un análisis de las dimensiones históricas y literarias de esta novela (aquí un resumen para quien esté interesado en el tema) .

La masacre fue denunciada en un primer momento por el entonces joven parlamentario Jorge Eliécer Gaitán, el Partido Liberal, el naciente sindicalismo colombiano y el caricaturista Ricardo Rendón, quien hizo varios editoriales gráficos demoledores contra el presidente Miguel Abadía Méndez. Este, de 1929, es el mejor. Al año siguiente, en parte a causa de este crimen, naufragó la hegemonía conservadora, tras 44 años en el poder.

La versión que la congresista María Fernanda Cabal expone no es nueva. La escuché de mis ancestros más conservadores. Según ellos, la huelga fue una asonada comunista y las víctimas no habían sido los trabajadores, sino la United Fruit Company y, sobre todo, el Ejército Nacional, Carlos Cortés Vargas y el presidente Miguel Abadía Méndez. Cuando Gabriel García Márquez escribió la novela su propósito fue denunciar esta tergiversación avalada por el Partido Conservador.

La siniestra alquimia que hace de las víctimas los victimarios es una estrategia política de María Fernanda Cabal. Curiosamente, porque tengo ancestros Cabal, no sólo soy pariente de Cortés Vargas, sino también de ella, la hoy abanderada del revisionismo histórico de ultraderecha.

Esta semana he reflexionado más de lo usual —que de por sí es bastante— sobre el peso y el inmerecido privilegio que aún conceden los apellidos en Colombia. También sobre la historia y la memoria. Son asuntos muy afines. Y si le sumamos la tenencia de la tierra y la estructura del empleo, son incluso explosivos.

De la historia se dicen muchas tonterías. Que la escriben los vencedores. Que se repite. Que absuelve. Y que no hay hechos históricos sino sólo interpretaciones, o representaciones que cierta confusa epistemología equipara a la escritura de ficción.

Ninguno de estos refranes —blandos axiomas que calan a fuerza de repetición— se sostiene ante el imperativo ético de la historia: reconocer que hay hechos verificables en el pasado. Esto porque los crímenes y las transgresiones morales de los vencedores, no sólo de los vencidos, deben ser imputables y no absolverse por el simple paso de los años, o banalizarse en una simple iteración. Y porque si bien una novela en la que llueven mariposas y la gente nace con cola de marrano no debe tomarse al pie de la letra —faltaba más—, la obra literaria de ficción sí tiene la capacidad de decir algo sobre el pasado y de hacer una denuncia sobre cómo se tergiversa la memoria.

Es lo importante de Cien años de soledad. El mensaje ético de este episodio y la lección para nosotros no es que hayan sido 3.000 muertos —que seguramente no lo fueron—, sino la alegoría implícita en que, cuando José Arcadio Segundo regresa a Macondo después de haber visto la matanza, nadie le cree. Más tarde, ya nadie la recuerda. Quienes leemos Cien años de soledad después de que la historia de la masacre fue restituida a la historia nacional no entendemos que, antes de García Márquez, la gente en efecto la había olvidado o todavía la debatía. María Fernanda Cabal pretende devolver el casete. Eso tiene una intención clarísima. 

Los descendientes de familias con haciendas esclavistas, como los Cabal y los Molina (los apellidos de María Fernanda), o de cualquier estirpe que se haya visto materialmente favorecida por prácticas abominables, tienen una deuda con el pasado de Colombia que no es monetaria, sino moral. Una deuda como la tengo yo y que asumo con escritos como éste.

Cuando se elude esa responsabilidad, como lo hace María Fernanda Cabal, para defender o menospreciar el maltrato de los trabajadores y de los campesinos, sea en las haciendas de esclavos de sus ancestros, en los enclaves bananeros de 1928 o en las muchas masacres paramilitares y asesinatos a sindicalistas que ha tenido este país, se vulnera a los trabajadores de Colombia y su legado.

Cabal hace estas afirmaciones porque su proyecto político es violentamente clasista y es heredero directo de la visión de mundo de un oligarca del Partido Conservador de 1950. De La Violencia. Un Laureano Gómez, digamos, o para no salirnos de los apellidos del partido político que ella hoy representa, un Guillermo León Valencia, que fue además el precursor de las ejecuciones extrajudiciales.  

Un mismo hilo sombrío recorre la lectura de la historia según María Fernanda Cabal. Apuesta a borrar la masacre de las bananeras de la memoria histórica porque su propósito es también borrar las masacres de Trujillo, de El Salado, de El Aro, de Mapiripán, y todas las que se cometieron para defender a los intereses terratenientes que se vieron favorecidos y protegidos por el paramilitarismo.

Ella no es tonta. Sabe que en el terreno de la historia se juega la justificación ideológica de sus posiciones complacientes con esta violencia de clase. Lo que debemos criticar, entonces, no es su ignorancia, sino su mala fe.

 Twitter: @santiagovillach

Historia